13 de Diciembre 2019

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18/11/2011

Presentación Dra. Stella Martínez

Texto de la ponencia presentada por la Dra. Stella Martínez en la Primera Jornada de Ética de la Investigación. Rosario, 14 de Junio de 2011.


 



 

La libertad en la investigación y la necesidad del límite ético. El Comité universitario de Ética de la Investigación.

 

Stella M Martínez

Las grandes finalidades éticas necesitan casi siempre una estrategia, es decir, una política”

Edgard Morin

 

La investigación científica, una función esencial de la Universidad, requiere libertad como condición básica de la indagación y la creatividad. La Universidad tiene en Occidente una rica tradición de lucha en defensa de la libertad de pensamiento a lo largo de la historia, desde sus orígenes medievales, con campeones y con mártires.

 

Sin embargo, aun siendo un bien tan preciado, no se trata de una libertad absoluta, sino que tiene límites ya que, paralelamente, son imprescindibles la responsabilidad y la prudencia (libertad de qué, libertad para qué). Se admite ampliamente que es indispensable la percepción de valores para que exista un acto libre. En nuestras sociedades multiculturales es esencial el respeto por valores, principios y compromisos  éticos como dignidad, justicia, equidad,  preservación del patrimonio cultural, del ambiente, democratización del acceso al conocimiento científico y tecnológico, y tantos otros que se deben conjugar. Se trata de un equilibrio delicado y dinámico, difícil de construir y sostener. Vale recordar que la Conferencia Científica sobre Desafíos Éticos de la Investigación Científica y Tecnológica en Ibero América incluyo en sus recomendaciones: “valorar las actividades científicas y tecnológicas desde un enfoque integral que complemente de manera determinante los criterios de excelencia académica y rentabilidad económica con los criterios de relevancia y pertinencia social”.[1]

 

Los beneficios producidos por la revolución científico-tecnológica iniciada en el siglo pasado no han sido asépticos. Muy por el contrario, se han acompañado de la aparición de una gama de desconcertantes problemas éticos.[2] Sobran los ejemplos desdichados: Tuskegee, Auschwitz, Hiroshima, y tantos otros. Esto ha llevado a la sociedad a desplegar medidas para encauzar las investigaciones y sus aplicaciones en pos de garantizar la libertad de pensamiento, de creación y de producción científica pero a la vez procurando preservar un equilibrio con valores y derechos fundamentales que no deben verse conculcados. En este camino se ha ido creando comités de ética que, de forma imparcial e independiente, deben supervisan las investigaciones.

 

Tradicionalmente, los comités de ética de la investigación se han abocado al campo de la investigación médica o biomédica (comités de Bioética) y ha existido renuencia a considerarlos necesarios en las demás áreas de la ciencia. Sin embargo, es tiempo de ampliar su presencia a todos los campos del conocimiento ya que “la preocupación ética remite a toda la investigación científica y …se sitúa desde la elección de objetos o áreas de investigación, hasta el impacto social de dichas investigaciones, enfatizando la conducta responsable de los investigadores con la sociedad, sus pares y los  participantes de las investigaciones”.[3] En este compromiso, por su naturaleza multi, inter y transdisciplinaria, la Universidad debe asumir un rol decisivo.

Hoy se percibe la necesidad de incorporar elementos éticos en el ámbito de investigación científica. Esto no es casual ya que vivimos la paradoja de investigadores preocupados sólo por sus pertinencias científico-técnicas, indiferentes a cualquier responsabilidad social “…exhibiendo sin pudor un gravísimo escepticismo acerca de la responsabilidad pública de sus acciones”.[4]  En los países en desarrollo el panorama se complica debido a la incapacidad del estado para ejercer controles eficaces, así como al predominio descarnado de los intereses corporativos de las empresas transnacionales por sobre las necesidades del conjunto de la comunidad.

Otro aspecto muy importante a considerar es que, progresivamente, los recursos estatales para investigación resultan más y más insuficientes por lo que la Universidad pública y sus investigadores se ven impulsados a buscar nuevas maneras de autofinanciarse. Dicho comportamiento, activamente promovido desde los organismos responsables de la política científica del estado argentino, en principio no es ni bueno ni malo. Lo que sí debe tenerse muy presente es que la sociedad confía en que la Universidad estatal, organismo de bien público sin fines de lucro, ejerza sus funciones de docencia, investigación y extensión con juicio independiente, sobre la base de principios y criterios que no son necesariamente coincidentes con los intereses ni con la lógica del Mercado. Aun reconociendo la necesidad de la financiación de algunos campos de la investigación con capitales públicos y privados, es necesario recordar que los investigadores universitarios no son y no deben convertirse en mini empresarios, ni los equipos de investigación, en grupos lanzados a la búsqueda de espónsores a como de lugar.[5] Deben tenerse en cuenta los conflictos de intereses que pueden originarse y que constituyen un aspecto controvertido de la investigación tecnológica, de importancia ética crucial.

La Universidad de nuestro país debe cambiar y evolucionar, no para adaptarse mecánicamente a los lineamientos de las agencias internacionales, la tecnociencia y el mercado como algunos pregonan, sino para el reconocimiento de las necesidades, estructuras y discursos que van apareciendo en la sociedad desde finales del siglo XX y que caracterizan la compleja situación de los inicios de este siglo. Ya no se trata sólo de reflexionar sobre los valores morales que sustentan el respeto por los derechos humanos individuales sino, además, de considerar conceptos más difusos y globales como el respeto por el ecosistema o el derecho de las generaciones venideras a un ambiente rico y diverso.

En esta transformación acelerada del mundo, como nunca, es imprescindible que la investigación científica universitaria esté basada en una ética de la responsabilidad. Insuflar responsabilidad social, compromisos de respeto y consideración por el otro y por las necesidades de la comunidad, son urgentes. Máxime si estamos en una Universidad pública que sostiene el esfuerzo de todo el pueblo. Parafraseando a Mainetti [6], el imperativo tecnológico prevalente produce ambiguos beneficios y, en ocasiones, conduce a situaciones trágicas que imponen el replanteo de los fines mismos de la ciencia.

Cada institución donde se haga investigación requiere entonces de un comité de Ética y la investigación universitaria requiere de estos comités en todas sus unidades académicas. Los mismos, una vez conformados, deben actuar no sólo como competentes organismos de control, dando o negando el aval ético a los proyectos de investigación de la institución, sino que les corresponde brindar asesoramiento y contribuir con normativas claras para el conocimiento de los investigadores a quienes corresponde reflexionar sobre las responsabilidades de su actividad. Para cumplir eficazmente su misión los comités necesitan independencia, respaldo y recursos.

 

Las facultades del área salud de nuestra universidad cuentan actualmente con comités de Bioética en diferentes etapas de consolidación y de experiencia. En el resto de las unidades académicas no existen. En este contexto, la UNR organizó recientemente su Comité de Etica de la Investigación integrando a representantes de las distintas unidades académicas.[7] Su misión incluye el examen ético de los proyectos provenientes de las facultades que aun no han organizado sus comités así como la reflexión y el debate sobre los diversos problemas que plantean la investigación científica y tecnológica en todas sus etapas. Procura promover valores y criterios que ayuden a la Universidad y a sus actores a adoptar decisiones superadoras en los diversos campos se han ido mencionando. En resumen, el Comité de la Universidad busca proporcionar respuestas efectivas a las necesidades actuales o que se planteen en el futuro respecto de la investigación en su ámbito. Es una oportunidad válida, aunque tal vez muy modesta en sus alcances reales, para la consolidación intelectual y moral de la vida universitaria y de la sociedad en su conjunto.

 

La Universidad Nacional de Rosario ha asumido el compromiso. Como decíamos el año pasado, en ocasión de  la  presentación a la comunidad científica de la Universidad de sus propósitos y funciones, el camino ha empezado a recorrerse.[8]



[1] VII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno. Caraballeda, Venezuela, 1997.

[2] Informe Belmont, 1978

[3] Ferrer M, Pérez M. Ética de la investigación en ciencias sociales y humanidades. Opiniones, conocimientos y prácticas de académicos-investigadores de universidades chilenas. Universidad de Chile.

[4] Brint S: Introduction: Professionals and the character of American democracy (Chapter 1). En: In an age of experts: The changing role of professionals in politics and public life. Princeton University Press; Princeton, 1994

[5] Martínez SM. Investigación científica y conflicto de intereses: la necesaria regulación institucional. Investigación científica y conflicto de intereses: la necesaria regulación institucional. e-Universitas UNR Journal 1: 574-575, 2009.

[6] Mainetti J. La medicalización de la vida y el lenguaje. Instituto de Bioética y Humanidades Médicas,  Escuela Latinoamericana de Bioética, 2006

[7] Resolución rectoral 3733/2008

[8] El Comité de Ética de la UNR: funciones e intervenciones. IV Jornada de Divulgación científica. Rosario, abril de 2010

 

 


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