28 de Noviembre 2020

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26/10/2020

La utilización del cliché como estrategia de convencimiento capitalista

El docente Diego Beltrán, de la Facultad de Humanidades y Artes, analiza los mecanismos linguísticos que pone en juego el poder económico para que el asalariado acepte un recorte de derechos laborales sin siquiera plantearse la reflexión sobre lo que ello conlleva. 


Tags: Investigación  



Los grandes cambios que propone implementar a nivel mundial el sistema capitalista, como por ejemplo los proyectos de reforma laboral impulsados por el Fondo Monetario Internacional, son foco de discusiones en la construcción de los proyectos nacionales actuales. El docente de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario, Diego Beltrán, analiza los mecanismos lingüísticos generales que se ponen en juego para que el individuo se auto prohíba la reflexión y acepte plenamente estas acciones que suelen traer aparejadas un recorte de derechos.

El trabajo surge a partir de una postura que presentó el economista francés Thomas Piketty en su libro “Capitales del Siglo XXI”. En este, el autor plantea que la sociedad actual está llegando a niveles de distribución de la renta capitalista de tipo decimonónico, es decir similares al siglo XIX. “El autor opina que ese es el modo natural de distribución del capitalismo, que se vio interrumpida por la primera y segunda guerra mundial, que produjeron una reorganización del mismo que provocó el Estado de Bienestar. En esta macro coyuntura situó la representación sobre el trabajo, con todos los intentos de reforma laboral que están surgiendo en la actualidad en cuanto a un recorte de los derechos sociales del trabajador”.

En relación con esta postura, el especialista comentó que la pregunta pasa por cómo se convence a un trabajador, que tiene como herencia cultural la defensa de derechos sociales, de una reforma laboral que viene a quitarle beneficios. Es decir, se busca enfocar en los argumentos discursivos y retóricos para convencer a alguien que esa reforma es positiva, cuando en realidad precariza la situación laboral.

El proyecto trabaja en base de conceptos teóricos de un psicoanalista austriaco que se llama Alfred Lorenzer, quien en los años setenta era tan famoso como el filósofo Jürgen Habermas. “Lorenzer trabaja un concepto teórico llamado ‘cliché’, que es una lengua descontextualizada del lugar donde se enuncia”.

El término cliché se vincula con el concepto de estereotipo y se refiere a una frase, expresión, acción o idea que ha sido usada en exceso, hasta el punto en que pierde novedad, especialmente si en un principio fue considerada notoriamente poderosa o innovadora. Puede haber ventajas en el uso de los clichés: en la narración de historias, el cliché puede establecer cierta sintonía con la audiencia, por ejemplo por medio de herramientas del habla; la exposición y descripción se pueden simplificar los contenidos, facilitando así finalmente el entendimiento en el público.

El nuevo estatus capitalista necesita de la desaparición de los valores y conquistas sociales conseguidas anteriormente para poder establecer un nuevo panorama, por lo que el pensamiento por clichés y el empleo del lenguaje sustitutivo se transforman en un instrumento esencial para reemplazar el pensamiento histórico. Beltrán argumenta que este tipo de lenguaje es el que se implementa para convencer a las personas de la necesidad de una reforma laboral, utilizándose en el famoso “lewfare” o guerra judicial y en la lucha política actual. “Es un lenguaje empobrecido y alejado de cualquier nivel académico, independientemente de la posición que fuere”.

Hoy en día, los alcances de la utilización del cliché por parte del capitalismo para lograr diferentes reformas se ven potenciados a partir del boom de la big data, redes sociales y el avance de inclusión de la tecnología en la cotidianeidad. “El sujeto reflexivo de la modernidad se recicla, en el escenario económico propuesto por Piketty; en la forma de un avatar configurado por un lenguaje sustitutivo y un pensamiento disuelto u opacado mediante enunciados cliché, los cuales obturan la capacidad del sujeto para pensar referenciado en su contexto y en el de los demás sujetos”.

Un ejemplo concreto: el cliché en la Alemania Nazi

Un caso extremo del uso del cliché es el que comenta Hannah Arendt en su libro ‘Eichmann en Jerusalén’, donde analiza la forma de argumentar de Adolf Eichmann, quien fue criminal de guerra austriaco-alemán de alto rango en el régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial. “Plantea que este no siente culpa por lo que hizo porque se protege con un lenguaje, que llama cliché o frases tranquilizadoras. Por ejemplo, cuando los fiscales lo acusaron de transportar millones de judíos a la muerte, este se justificaba diciendo que él también había sufrido ese proceso con frases al estilo ‘No me quedaba otra opción’. Esas eran las frases que lo ayudaban a no sentir culpabilidad o no practicar lo que Arendt llamaba ‘dos en uno socrático’, que era el monólogo interior para reflexionar sobre lo malo que habías hecho”.

El docente sitúa la primera fase de su investigación en la Alemania Nazi, ya que la mayoría de las fuentes teóricas surgen de ese contexto: Hannah Arendt y Víctor Klemperer. Este último era un docente universitario judío que se ve desplazado de todos sus cargos, teniendo que trabajar en una fábrica, por lo que deja de lado su tesis doctoral y comienza a analizar la expresión nazista. “Este autor entiende que la construcción del discurso nazista eliminaba la noción de culpa, llegando a una conclusión parecida a Arendt”.

Otra de las razones por la cual enfocarse en Alemania va de la mano con las concepciones desarrolladas por Franz Neumann, quien es considerado como uno de los fundadores de la ciencia política moderna en la República Federal de Alemania. “Neumann planteaba que el nazismo destruyó el estado. Se podría pensar que el autoritarismo de Hitler implicaba un poder estatal muy grande, pero es exactamente lo contrario: el poder del este era muy grande pero para poder centrarse en su persona debió destruir todo el andamiaje político y jurídico de un estado moderno. Es decir se disminuye el poder del Estado como unidad que está más allá del político de turno”.

En la Alemania Nazi se quiso llevar a cabo una reforma laboral que estaba acompañada por una forma de expresión del lenguaje medieval. Según Neumann, el nazismo buscaba eliminar la noción de relación contractual, tanto lo que sería un contrato colectivo de trabajo, como también, en el ámbito individual que sería directamente patrón y trabajador. “Las reemplazaba por relación de liderazgo, es decir se lo veía al empresario como un líder y los trabajadores conformaban el séquito que los seguía. De esta forma se terminaban eliminando los derechos laborales, el líder era visto como una figura que te ayudaba por buena voluntad, por ejemplo cuando te enfermabas. Entonces vos le debías a él la misma respuesta. La idea era que cada empresario sea como un pequeño Führer”.

Mucha de la terminología del régimen nazi se extrajo de un texto que escribió el historiador romano Tácito sobre los pueblos germanos que se ubicaban en la frontera exterior del Imperio. Beltrán considera que este se conformó como una armadura para el movimiento encabezado por Hitler, ya que se utiliza un lenguaje medieval en medio del Siglo XX. “En ese texto original los germanos eran vistos como vagos y bárbaros, sin embargo en base a una reinterpretación que se fue dando con el correr de los años este se convirtió en un material fundacional en donde se observan las virtudes más puras de esa sociedad. Hay muchas interpretaciones de este texto, que a lo largo de los siglos fueron de las más variadas. Los nazis utilizaron estos atributos como los fundadores del espíritu del nivel racial alemán”.

El oficial nazi Heinrich Himmler fue a buscar el texto original de Tácito a Italia porque consideraba que el lenguaje que empleaba era la clave para sustentar el proceso que se quería llevar adelante. “Se buscaba que las relaciones modernas se revistiera de esa fraseología extraña, con palabras que no eran comunes en esos días y correspondían a terminologías propias de otra época. En cada fábrica había una sala dedicada al ‘séquito’ que estaba revestida con esvásticas y que la rodeaba un aura medieval, donde los empresarios arengaban a los obreros. Con esto se buscaba que estos últimos acaten órdenes sin ponerlas a juicio, y que funcionaran como peones”.


  • Periodistas: Gonzalo J. García
  • Fotógrafos: Camila Casero