Rosario, 21/11/2017 | 05:50
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Reflexión sobre el film proyectado el día 16 de agosto realizado por la antropóloga Manuela Rodríguez


Primera imagen: una placenta al rojo vivo, y una pregunta: ¿por qué me adoptaste? Se instala así un interrogante: ¿qué hay de carnal en el vínculo madre-hijx? Lo primero que me impresiona es su comentario estético sobre el vínculo corpóreo de la maternidad más allá de la filiación biológica. Trabaja muy exhaustivamente con la materialidad de la maternidad: la textura de la maternidad. Excelente es el trabajo que realiza del paralelo madre-hija-hijo a partir de la carne, pero una carne que es pura materia, textura, color, espesor; una carne temporal, viva, en movimiento. Pero una carne desprejuiciada, sin moralina, despojada de valor moral. Despojada del peso de la filiación, del parentesco, del linaje de sangre. La sangre deja así de ser sinónimo de filiación biológica, para ser pura impresión vincular. Creo que podría pensarse como un comentario sobre la construcción social de lo biológico como fundamento de la filiación, de la maternidad, de la herencia. Forzando un poco, tal vez, hasta podría ser una crítica a la noción de parentesco. Instalando la pregunta y la duda por el determinismo biológico del vínculo filial. La afirmación de que ella tomó de esos pechos adoptivos, cierra el determinismo biológico de un plumazo. Así como su reclamo de abandono muestra en carne viva esa relación electiva de madre-hija. El detenimiento en la carne, la piel, la leche materna, junto al develamiento de su adopción, deja al descubierto la construcción social de ese vínculo, de ese espesor de la carne, de esa mezcla de texturas, sabores y olores. La piel, los senos, el ombligo, el cordón, las gotas, el agua, la placenta. Kawasi muestra de forma íntima, minuciosa, impresionista, cómo la generación de vida es una construcción social profundamente encarnada, vivida, sentida, percibida y afectada. Es increíble cómo narra el tránsito de la vida, del nacimiento a la muerte, desde el tejido corporal mismo. Sin por eso dar por sentado y determinar la línea genética, sin sobrevalorar del lazo filial que impone la idea de gestar, de vínculo intrauterino. Es tan fuerte la imagen del útero, como la de los pechos secos. Una cosa y la otra, hacen el balance, de lo que hay de material e inmaterial en el vínculo materno. Tiene el mismo peso el líquido amniótico que el agua de la bañera. El adentro y el afuera. Es el lazo vital y carnal lo que une, lo que determina un nacimiento, un vínculo maternal. Pero es una carne con historia presente, no carga el peso de la herencia de la carne. En el mismo sentido desacraliza el corte del cordón umbilical: toma la cámara y lo objetualiza, lo disocia de sí para analizarlo, problematizarlo, entenderlo. Es un ojo escudriñador, analítico de esa carne que se une y se separa. No hay romanticismo. Ese gesto de tomar la cámara y filmar su propio desprendimiento filial con su hijo muestra un trabajo de análisis crítico, desapasionado. Frente a la pasión que muestra por el detalle. Es el detalle, lo que impresiona de ese detalle, lo que marca el peso, el tiempo, la historia de un vínculo parental. Los pliegues, las arrugas, el latido, en primer plano. El llanto y el dolor de una madre, narrado desde dentro mismo del gesto. Ahí está puesta la pasión: en sostener la mirada frente al abismo, y sobrevivir para contarlo. Una pregunta por lo que une y separa. Por lo que perdura y lo que muere. Por lo que empieza y termina de ese ciclo vital encarnado, apasionado. Me parece de vital importancia poder separar la carne, la materialidad, de la descendencia, de la forma en como está ligada en nuestra cultura, con ese determinismo de lo biológico que tanto pesa y castiga, sobre todo a las mujeres. Y creo que logra mostrar el vínculo maternal, profundamente carnal, sin por eso quedar determinado por el vínculo de sangre. Es mostrar la sangre, para restarle importancia. Ese acto de profundizar en lo sensorial, para quitarle peso, es lo que más rescato. Detenerse en lo que uno consideraría como más obvio: el vínculo carnal, material, corporal madre-hijo, para desacralizarlo. Objetualizarlo, y enmarcar el amor, el odio, la felicidad y el llanto en algo que trasciende lo meramente uterino, umbilical.

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