Rosario, 27/04/2017 | 12:01
Noticias RSS
I+D - Investigación más Divulgación

Nombres recuperados


A 41 años del último golpe cívico militar, la Facultad e Humanidades de la UNR publicará los datos de los archivos de desaparecidos enterrados como NN en el Cementerio La Piedad que un grupo de investigadores recuperó.

Marcela Valdata dirigió la investigación.

Imágenes

Los cuerpos fueron separados de sus nombres. Sus rostros fueron enterrados sin identidad, sin reconocimiento. Durante años, la única condición de aquellos cuerpos era la de desaparecidos (aún es la de muchos) y sólo podían estar presentes en los familiares, en los amigos que intentaron sostener con sus propios cuerpos aquellos nombres.

 


Con una guillotina de tinta, los verdugos de la última dictadura separaron a los cuerpos de sus nombres: los escribían NN. Pero lo que no imaginaron es que algunos años después, esas dos letras, jugarían en las fantasías de los que sobrevivieron como infinitas posibilidades para devolverles el rostro a los cuerpos enterrados.

 

Marcela Valdata es antropóloga y docente de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) y fue quien lideró la investigación que trabajó con los archivos de inhumación del cementerio La Piedad, ingresados como NN o con nombre y apellido pero registrados como “muertes violentas”. El proyecto comenzó hace unos diez años y hoy está finalizando con la digitalización de todos los datos que recuperaron, con el objetivo de hacerlos accesibles a toda la comunidad, en la Facultad de Humanidades y Artes.

 

Estos archivos que el equipo de Valdata rescató e investigó, permitieron que se realizaran exhumaciones de algunas fosas del cementerio, en las que se encontraron cuerpos enterrados en la dictadura como NN y fueron restituidos a sus familiares.

 

“En el 2004 empezamos a juntar todas las fuentes posibles de documentación: por un lado, las notas periodísticas de esos años, relevamos todo lo que estaba en la hemeroteca para reconstruir lo que aparecía como enfrentamientos o muertes violentas, sin ningún tipo de causa –explica Valdata–. Por otro lado, teníamos las declaraciones de la CONADEP y algunos testimonios sueltos de sepultureros. Entonces, cruzamos estos datos con la documentación que encontramos en La Piedad en torno a la inhumaciones como NN”.

 

En ese momento, el Equipo Argentino de Antropología Forense había descartado a La Piedad como un espacio en donde podía haber cuerpos sin identificar, daban por hecho que todo había sido pasado a osario. Sin embargo, a partir de los relatos de algunos sepultureros del cementerio, aquellos rostros velados, sin nombre, seguían siendo una posibilidad para un equipo de investigación de seis personas –en el que participaban estudiantes de Antropología de la UNR y estudiantes de Museología, dirigidos por la docente Marcela Valdata–, que decidió indagar en los archivos porque creían que los cuerpos podían estar allí todavía. “Nos derivaron a un depósito lleno de papeles y era terrible porque había muchos ácaros y se había caído el techo, así que todas las cosas estaban ahí abajo, en muy mal estado”, cuenta Marcela.

 

Encontraron desde libros escritos con pluma en papel biblia, hasta una carta de renuncia de uno de los empleados del cementerio al que obligaron a irse durante el proceso, por su militancia. El hombre no había podido jubilarse porque esta carta no había sido registrada y no querían computarle esos años, así que su aparición fue una buena noticia para él.

 

Los documentos estaban muy sucios y corroídos por las ratas, por lo que dos de las integrantes del equipo que estudiaban Museología, Natalia Urquiza y Jorgelina Almeida, hicieron una limpieza, clasificación y escaneo para que el material físico no se manipulara más y quedara como un archivo de resguardo.

 

Hoy están finalizando con la digitalización de todos los datos recuperados, que van del año 1977 a 1983. Este proyecto está radicado en el Centro de Estudios Interdisciplinarios de Arqueología de la Facultad de Humanidades y Artes de la UNR y el objetivo es publicarlos en esta unidad académica. Se podrá acceder a los datos cronológicamente, por años o por meses y se podrá buscar por Nombre y apellido o por NN. En cada categoría se accederá a toda la información del documento escaneado. El Museo de la Memoria y el cementerio La Piedad contarán también con una copia de estos archivos digitales.

 

Valdata cree importante “pensar a la Universidad como un actor fundamental en la reconstrucción histórica de ese momento. Además, desde la cuestión educativa puede llegar a existir una línea de investigación que quizás nosotros no hayamos visto o que no fue tomada aún, por ejemplo, no hay aún ningún análisis estadístico de edad, ocupación, etc., en torno a lo que está ahí documentado”.

 

Los huesos siguen hablando

 

“Después de mucho trabajo, tuvimos un dato que era 99% certero y conseguimos a un familiar que estaba dispuesto a escuchar la situación, así que lo presentamos”, relata Valdata. El caso fue el del militante entrerriano Eduardo Germano, “El Mencho”. Tenía 18 años cuando fue asesinado en diciembre del ‘76 por un grupo liderado por Agustín Feced, que hizo explotar su cuerpo dentro de un barril metálico. En los diarios dijeron que fue un “enfrentamiento frustrado”. La familia no imaginaba que algún día iba a poder tener sus restos porque lo que decían los medios era terrible.

 

El hermano del Mencho inició la querella y ésta accionó todas las exhumaciones que siguieron por parte del Equipo Argentino de Antropología Forense. Esa Navidad, la familia de Eduardo Germano se reunió e hicieron todos juntos un simulacro de enterratorio en La Piedad. Llevaron flores, lloraron, lo despidieron. Hicieron un ritual de inhumación suponiendo que ese lugar que Marcela y su equipo les señalaban había sido el de él. “La familia logró simbolizar ese entierro y eso era lo más importante para nosotros, era lo único que nos interesaba, devolverle a las familias sus historias”, dice la antropóloga de la UNR y agrega: “Uno de los hermanos nos decía que no importaba si cuando exhumaran, el cuerpo de Eduardo no estaba ahí, que para ellos ese había sido su lugar y le daban validez a nuestra reconstrucción”.

 

Finalmente, se hizo la exhumación y encontraron en la fosa al Mencho. Lamentablemente, sus padres y uno de sus hermanos fallecieron antes de que les restituyeran el cuerpo, pero otro de sus hermanos, Gustavo Germano, recibió el cuerpo y lo enterró en Entre Ríos.

 

Las exhumaciones continuaron y pudieron identificar a muchos de los registrados como NN en La Piedad. En palabras de la docente de la UNR, el trabajo de investigación que realizaron fue “super minucioso y serio, y estábamos en lo cierto. Al principio eran muchos frentes abiertos y teníamos muchas dudas, no sabíamos si todos los datos nos iban a conducir a algo y la verdad es que cuando lo cerramos fue importantísimo”.
Marcela recuerda entre todas las historias a “una madre que reconoció a su hijo porque él había tenido una operación de corazón. En la fosa encontró nada más que los huesos, pero pudo reconocerlo porque tenía todas las costillas atadas con broches de acero y supo que era él. Los huesos siguen hablando”.

 

Los sin nombre

 

Las iniciales N.N. en español se leen como “Ningún Nombre” y en inglés como “No Name”, pero en nuestro país dicen mucho más. NN quiere decir que los asesinos de la última dictadura le temían a los Nombres. Como si acaso sospecharan que sólo los nombres fueran aquello que les daba identidad a los miles de chicos que asesinaron durante ese infierno, como si creyeran que los nombres fueran contagiosos de alguna idea, de alguna personalidad.

 

La relación que los investigadores tuvieron con las personas que no eran de rango en el cementerio fue importante para continuar con el trabajo. Los sepultureros de La Piedad fueron actores fundamentales en esta historia: “Nos parecía raro que ellos que habían estado trabajando durante la dictadura, no nos negaran que los cuerpos estuviesen ahí, por eso insistimos en la búsqueda”, resalta Valdata y agrega que “poco a poco empezaron a confiar en nosotros y a señalarnos cuáles eran las fosas que no habían tenido movilidad en esos años.

 

Suponemos que los ellos mismos evitaban el movimiento para resguardarlas y que pudieran quedar allí para investigaciones futuras. Creo que fue tan doloroso para ellos, que empezaron a abrirnos puertas, porque la franja etárea de los chicos fallecidos que llevaban podía ser la de los hijos de los sepultureros”.

 

Ellos, los encargados de sepultar los cuerpos, empezaron a desenterrar historias. Contaban que había madrugadas en las que llegaban los militares en un camión del ejército lleno de ataúdes. Y a veces sin ataúdes. Mientras los sepultureros hacían su trabajo, bajo amenaza y algunos con pocos recursos simbólicos para conocer completamente lo que sucedía, los uniformados apuntaban a los cadáveres que se iban cubriendo de tierra. “No dejaban de apuntarles con las armas hasta que los cuerpos quedaran completamente tapados, como si tuviesen miedo de que resucitaran”, dice Marcela recordando el relato de los sepultureros.

 

Los militares temían que aquellos cuerpos despertaran, hablaran, los enfrentaran. Los dejaron abandonados, mutilados, bajo la tierra y sin nombre, sin rostro. Pero en contra de lo que planearon, hoy sus nombres resucitan y sobreviven gracias a los miles de testimonios recolectados por algunos cazadores de rostros desaparecidos, que lograron devolverles a los nombres sus cuerpos. Aquellos cuerpos que permanecían ocultos bajo una tierra muda, vieja y sucia, de la que no imaginaron que podrían volver a brotar nuevas historias.

 

Stefania Sahakian

 

 



  • Publicado: 2017-03-20
  • Periodistas:
  • Fotógrafos: Camila Casero
  • Infografía:
  • Realizadores:
  • Categoria: Historia